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Que te falta para ser feliz...

Que te falta para ser feliz...

Hubo una vez un hombre que servía en un reino, quien parecía ser el hombre más feliz del mundo, a pesar de su condición de servidumbre en el palacio real. Él mismo decía que lo tenía todo: una familia, una bella y cariñosa esposa, unos hijos preciosos, trabajo, casa, ropa, alimento... en fin, nada había que pudiera alterar su estilo de vida alegre y positiva, porque parecía haber encontrado aquél secreto que todos buscamos: el secreto de la felicidad.

Pero hubo un día en el que al retornar de su trabajo se encontró una extraña bolsa, que inmediatamente le llenó de gran sorpresa pues estaba llena nada menos que con monedas de oro. Con mucho temor y a la vez con un extraño brillo en sus ojos, que antes no lo tenía, se apresuró a llegar a su casa. Entró sin dar el tradicional saludo y abrazo a esposa e hijos y se encerró en su cuarto. Algo había cambiado en él, tenía una sonrisa en el rostro, pero salvo está decir que no era por felicidad, era otra, era de aquellas que solo la codicia y la ambición pueden poner en el rostro de un hombre.

Al contar las monedas se dio cuenta que eran noventa y nueve, extrañamente se sobresaltó y empezó a buscar la moneda número cien, que posiblemente se le había caído en algún lugar, se puso nervioso y hasta desesperado, creyendo que las monedas eran cien. Buscó y buscó y al no hallarla se desesperó aun mas. "Tienen que haber sido cien monedas!!" se repetía a sí mismo. Empezó a hacer cálculos y sacó cuentas hasta el amanecer para reemplazarla.

A partir de ése funesto día, el carácter de éste hombre cambió, buscando la manera de completar "lo que le faltaba" a pesar de que las noventa y nueve monedas de oro que tenía guardadas, bastaba y  sobraba para hacerle feliz a él y a toda su familia hasta el fin de sus días y más aun.

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"Te falta algo", es la frase que cada día parece resonar en nuestra mente, que cada día la televisión bombardea a nuestros sentidos, y cada persona que parece estar un paso más adelante que nosotros, nos lo hace sentir aun sin decirlo con palabras. Por absurdo que parezca entramos en un círculo de completar "aquello que nos falta", compramos, vendemos, nos rebajamos, perdemos la dignidad, idolatramos nuestra apariencia, la ambición nos invade, la vanidad nos ciega el entendimiento, la lujuria nos deshace el alma, la codicia nos envuelve en su mortal resplandor, y aunque intentamos e intentamos, parece que nada es suficiente para completar "aquello que nos falta", pero realmente "¿nos falta algo?".

Qué difícil es contentarse con lo que tenemos. Vivir en pobreza no es agradable, nos puede poner tristes, pero jamás debe ser razón para entrar en una depresión que llene de amargura el alma al extremo de culpar a la vida y a veces a Dios por dicha situación. Vivir en abundancia nos pone alegres, pero tampoco jamás debe ser razón para desear tener más al extremo de desenfrenar la codicia y ambición en nuestro corazón, lo que tarde o temprano también pondrá nuestra vida, salud y destino en peligro mortal.

Sabes, tu actitud no puede depender de lo que tienes o lo que no tienes. El que vive la vida plenamente es aquél que sabe vivir en escasez y en abundancia con la misma actitud, con tristeza a veces o con alegría en otras, pero la respuesta a tus acciones es la misma, no por estar triste una debe dejar de comer, de ser responsable o de disfrutar aun lo poco que tenemos, o por estar en abundancia, empezar a volverse orgulloso, vanidoso o soberbio. Ser la misma persona en pobreza y en riqueza, porque la vida nos puede hacer probar de diversos bocados, dulces y amargos, es lo que nos hace plenamente libres y aptos para agradar a Dios.

Es posible llegar a tener este estilo de vida, en el que los bienes materiales, situación económica o relaciones personales NO determinen nuestra conducta. Es posible llegar a la escasez sin tener que deprimirnos y destruirnos a nosotros mismos, y también es posible llegar a vivir en abundancia sin llenar nuestro corazón de lujuria, vanidad, soberbia u orgullo. Es posible no cruzar ambas fronteras del alma que pueden perder nuestras vidas, porque hay alguien que lo hace posible: JESUCRISTO, por eso, quienes estuvimos a punto de cruzar esas dos peligrosas fronteras del alma podemos decir:

 

"Todo lo puedo en Cristo, que me fortalece" (Filipenses 4:13)

 

Y tú, ¿qué harás cuando llegues a una de éstas dos fronteras del alma?

 

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