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Senda Segura

Una almohada de piedra...

Una almohada de piedra...

Siendo pequeño, como cualquier niño, deseaba juguetes, de aquellos que encendían luces, funcionaban a baterías, pero no los tenía, y me sentía frustrado. Ya siendo adolescente, hubiera deseado tener más dinero para comprarme el par de tenis que estaba de moda, o aquél pantalón que se ponían todos mis amigos, pero no los tenía, y me sentía frustrado.

Hubo un momento en mi vida, ya siendo adolescente, en el que, aunque suene a herejía, me preguntaba: ¿Dónde está Dios?. Me preguntaba dónde estaba aquél Dios que extendía sus manos a los pobres, abrazaba a los desamparados, consolaba a los afligidos de corazón, porque así me sentía, porque, aunque no vivía en una pobreza extrema, me sentía el chico más pobre del mundo, me sentía desamparado y obviamente desconsolado, al no tener, o tener poco, de lo que otros parece, lo tenían en abundancia aun viviendo una vida injusta.

Hoy he aprendido a valorar lo poco que tengo, he aprendido a soportar los tiempos en los que la alcancía se va llenando de a poquito para tener algo mejor, he aprendido a valorar el a veces reducido tiempo que dispongo para realizar algo, he aprendido a valorar un trabajo de poca remuneración, he aprendido a soportar a mis docentes aunque me parezcan que no me enseñan bien, he aprendido a agradecer por la comida  que recibo, por la ropa que visto. He aprendido a dar gracias por las pequeñas o pocas cosas que tengo o pude tener.

Existe una historia que me llama la atención porque se parece a la mía, y relata de la siguiente manera: "Un hombre llamado Jacob, salió de su tierra, y llegó a un cierto lugar y durmió allí, porque el sol ya se había puesto, y tomó las piedras de ése paraje y se hizo una improvisada almohada. Y soñó, y vio ángeles que subían y bajaban como por una especie de escalera y escuchó la voz de Dios que le decía: Yo soy el Dios de tus padres y te daré la tierra donde duermes, yo estaré contigo y te guardaré dondequiera que vayas y no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho haré contigo. Despertando Jacob, muy asustado dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella".

A nadie le gusta dormir en una almohada de piedra, a nadie le gusta estar en necesidad, a nadie le encanta vivir con privaciones, a nadie le gusta tener que compartir una habitación con varios hermanos, a nadie le gusta ver que aquél cheque con pocas cifras no alcanzará para suplir las necesidades básicas, a nadie le agrada ver cómo otras personas que viven injustamente, amontonan riquezas, viven holgadamente y despilfarran aquello que nosotros necesitamos o creemos que lo merecemos tener.

No, no es fácil entender cómo Dios permite que durmamos en una almohada de piedra. Pero extrañamente, durmiendo en ésa almohada es que empiezan los sueños, las ilusiones, los propósitos y las metas. El desierto nos prueba, nos hace ver la realidad de lo que somos. Cuando estamos en un desierto, aprendemos tres cosas: cómo nos ven los demás, cómo nos vemos nosotros y cómo realmente somos. Y es terrible descubrir que no somos lo que pensamos, que si no recibimos algo, es porque quizá, no lo merecemos, que si no obtenemos algo es porque no nos proponemos alcanzarlo, poniendo todo nuestro esfuerzo y motivación.

Si señor, durmiendo en una almohada de piedra se aprenden muchas cosas, se aprende sobretodo lo que hay en nuestro corazón, y es la razón que ha impedido que avancemos en la vida, que prosperemos en nuestros caminos y que no alcancemos nuestros sueños.

Por eso, mi amado joven, mi estimada joven, despierta y bendice la almohada de piedra en la cual Dios permite que duermas por un corto tiempo, bendice el incómodo minibús que te lleva a tu estudio, bendice la ropa que te pones, aunque no sea mucha, bendice el material escolar, que a veces es difícil conseguirlo, derrama aceite sobre aquellas monedas que apenas te alcanzan para los pasajes, bendice aquel cheque con pocas cifras que llega a tus manos cada fin de mes, da gracias por las pocas cosas que tienes, porque habrá un momento, un momento especial en que Dios descenderá y te dirá: Yo tengo una promesa para tu vida, yo estaré contigo y te guardaré dondequiera que vayas y no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho haré contigo.

Y tú, ¿Bendices tu almohada de piedra? O la desprecias...

 

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